CARLOTA ROSALES
Una pintora desconocida

Hija del prematuramente fallecido Eduardo Rosales, fue la única mujer pensionada de la Real Academia de España en Roma del siglo XIX. De fuerte personalidad, la artista se alejó del ámbito artístico oficial, lo que le dio libertad y le permitió desarrollar un estilo propio alejado de los compromisos y de las críticas.

Por Carmen de Armiñán Santonja. (Tataranieta del pintor Eduardo Rosales y biznieta de Carlota Rosales Martínez). Artículo publicado en Descubrir el Arte. Nº 263.

Como tantas otras artistas del siglo XIX, Carlota Rosales (Madrid, 1872-1958) fue una pintora que desarrolló su carrera de la forma en que estaba establecida para las mujeres y cuyo resultado era, en general, la baja consideración que se las tenía. Carlota era hija del pintor madrileño Eduardo Rosales (1836-73) aunque apenas le conoció porque murió cuando ella tenía menos de un año. Heredó de su padre la capacidad de pintar y guardó los recuerdos de lo que le contaron las personas más cercanas a él: su madre, Maximina Martínez de Pedrosa (1839-97), y el mejor amigo de la familia, el pintor Vicente Palmaroli (1834-96).

En su corta pero fructífera vida, Rosales había sido un pintor muy admirado como uno de los grandes representantes de la pintura de historia, género artístico muy en boga desde la mitad del siglo XIX y que tenía una gran presencia en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, que conformaban el arte oficial y en las que tenían que participar los artistas para poder desarrollar su carrera.

ROMA: CENTRO DE FORMACIÓN
Por otro lado, Roma tenía un especial protagonismo en la formación artística, un hecho que se remontaba al siglo XVI porque había que conocer de primera mano las obras de los grandes pintores del Renacimiento y el Barroco, así como los restos de la Antigüedad clásica. En 1873 se estableció la Academia de España en Roma (hasta entonces los artistas españoles iban simplemente pensionados) y se nombró a Eduardo Rosales director, cargo que no llegó a ejercer porque murió al mes siguiente de ser nombrado. Dado el prestigio de la pintura de historia, se estableció que de doce becarios, cuatro serían pintores de este género y el resto paisajistas, escultores, arquitectos y músicos, de ahí que los primeros directores fueran pintores de historia: Casado del Alisal (1874-81), que sustituyó a Rosales, seguido de Pradilla (1881-82) y Palmaroli (1882-92). En principio, las becas duraban tres años y los beneficiarios tenían que residir en Roma al menos doce meses, pudiendo realizar durante los otros dos años viajes aprobados por el director.

Un contexto artístico que estaba vedado a las mujeres, por lo que se tenían que formar en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado o en academias privadas. Tampoco se les permitía hacer estudios anatómicos y desnudos, y los temas que debían tratar eran fundamentalmente flores y bodegones. Así, la Academia de Roma no admitía señoritas entre sus pensionados ni se les permitía hacer los exámenes de la oposición y apenas participaban en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que cuando Rosales murió prematuramente, su esposa Maximina se quedó en una difícil situación económica porque el pintor apenas había entrado en el mercado artístico (al contrario de muchos de sus compañeros, como, por ejemplo, Mariano Fortuny). Así, los testamentarios, sus amigos los pintores Vicente Palmaroli, Gabriel Maureta y Francisco Sans, organizaron una subasta de las obras del malogrado pintor y gracias a ello Maximina pudo mejorar su situación. Además, Palmaroli siguió ayudando a Maximina y especialmente a su ahijada, Carlota, lo que podemos interpretar como una manera de honrar a su admirado amigo Rosales. Para fomentar el talento de la joven, Palmaroli la invitó como pensionada a la Academia de Roma entre 1887 y 1889, pero sin pasar por los protocolos oficiales al serle concedida la pensión directamente por el ministro de Estado, Segismundo Moret, convirtiéndose así Carlota Rosales en la única mujer pensionada de la Real Academia de España en Roma del siglo XIX.

Carlota se trasladó con quince años a la Ciudad Eterna acompañada de su madre, donde residieron dos años y no los tres habituales de los pensionados. Se instalaron en los estudios de arquitectura porque se le había concedido una de esas plazas vacantes y así estaban separadas de los hombres. Pero hubo quejas que aludían a que la Academia era para hombres y además los estudios de arquitectura fueron reclamados; de hecho, su plaza vacante fue ocupada por el arquitecto Joaquín Pavía. Y aunque Palmaroli siguió apoyándola para que pudiese como pensionada aduciendo que Rosales fue “el gran artista querido y admirado por todos... y que por su prematura muerte” no pudo dirigir la Academia, finalmente Carlota y su madre regresaron a España.

VUELTA A MADRID
En Madrid, Carlota continuó su carrera artística copiando cuadros de los grandes maestros del Museo del Prado, como Rubens (La familia sacra, noviembre de 1889), como venían haciendo los artistas, tanto españoles como europeos, desde que la pinacoteca abriese sus puertas en 1819.

Participó en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de 1890, 1892 y 1895. De la primera se hizo eco el Diario de Barcelona de 4 de junio de 1891: “Carlota Rosales, niña aún para estas empresas, expone en España por primera vez y se ve que ha heredado de su padre la vocación. En su tabla En el estudio pinta a la modelo en traje de principios de siglo sentada en el canapé y sosteniendo un espejo en el que se mira, figura de tonos suaves y delicadeza en la expresión, aunque contenida en el límite y la timidez propia de la novicia en la religión del arte”.

En la Exposición de 1895 se presentaron 182 retratos, género muy en boga entonces y al que se dedicaban profusamente las pintoras (ver Descubrir el Arte, núm. 265, pp. 18-45), y precisamente Carlota recibió la Mención Honorífica y Especial por un retrato, como recogieron varios periódicos: “Carlota Rosales, la bella hija del gran maestro, que expone un retrato en el que se delata la progenie ilustre y el maestro cariñoso” (Carlos Groziard, La Correspondencia de España, 21 de mayo de 1895). Hay que tener en cuenta que las mujeres solo se hacían merecedoras de las menciones honoríficas y las medallas de tercera clase debido a la poca consideración que se tenía de ellas como artistas, al igual que la crítica, que solo hablaba de las creadoras con paternalismo y apenas aportando datos, tal como explica Estrella de Diego en su libro La mujer y la pintura del XIX español (1987). Paralelamente, la pintura de flores alcanzó gran prestigio en esos momentos, un género al que se dedicaban tanto hombres como mujeres; así, en la Exposición de 1897, un retrato ganó la primera medalla y otra primera medalla fue para Flores y frutas, de Sebastián Gessa y Arias (1840-1920), pintor especialmente dedicado a los temas de flores y de naturalezas muertas.

ABANDONO DE LA CARRERA

A raíz de su enlace matrimonial en 1896, Carlota abandona su carrera artística aunque siguió pintando y copiando cuadros, en este caso de autores contemporáneos, como dos pinturas de flores de Sebastián Gessa y Arias que el Museo del Prado había adquirido en 1884 fechados en ese año. Hay que añadir que dicho artista fue maestro de pintoras, por lo que es posible que Carlota lo conociera.

Y volviendo al contexto artístico, a finales del siglo XIX apareció un nuevo género, la pintura social, que tuvo su presencia en las Exposiciones de Bellas Artes de la década de 1890, incluyendo temas cotidianos en la ciudad y el mundo rural, y escenas familiares. Carlota hizo algún cuadro de este tipo, como Interior de iglesia, en el que da un gran protagonismo al confesionario, y Eduardo niño en brazos del ama, bodegones de flores y retratos, sobre todo de mujeres (su madre, tía e hijas). Todos estos cuadros tienen gran calidad pictórica. La pincelada suelta la vemos en la mayoría y con mayor destreza en los más tardíos, como el retrato de su hija Josefina tocando el violín. Lo de pintar a sus hijas lo hacía incluso en otros soportes, como una pandereta, lo que indica su originalidad e imaginación, y su buena relación con la música a través de su marido, Miguel Santonja Cantó (1859-1949), a quien conoció en la Academia de Roma donde estaba becado como músico. Allí enseñó música a Carlota y siguió haciéndolo en Madrid, tal y como muestra una composición suya, Gavota, que se la dedicó: “A mi discípula predilecta, la señorita Carlota Rosales, en prueba del cariño que le tiene su maestro Miguel Santonja”. Y al parecer, ella tenía una voz bonita y le gustaba cantar.

FAMILIA DE MÚSICOS Y PINTORES
Tuvieron cinco hijos, Cecilia, Eduardo, María, Josefina y Trinidad, que heredaron ambas facetas artísticas, la música y la pintura. Así, por ejemplo, Cecilia tocaba el piano y Josefina el violín (como se puede ver en su retrato), y la segunda además pintaba, más bien dibujaba, aunque no desarrolló una carrera artística (se pudieron ver algunas de sus obras en la exposición Dibujantas, Museo ABC, 2019). Y Eduardo fue pintor, ilustrador, cartelista y diseñador de muebles.

Otra característica de Carlota fue su gusto por los objetos orientales que le transmitió su amigo Vicente Palmaroli Reboulet, el hijo del pintor, que fue diplomático en Yokohama (de 1907 a 1910) y en Manila (1916), entre otros destinos. De ahí que ella entrara en la moda del japonismo, tan del gusto de muchos artistas europeos y que en España se asentó a partir de la Exposición Universal de Barcelona de 1888, que fomentó el coleccionismo de objetos orientales e influyó en el modernismo. Así pues, Vicente Palmaroli Reboulet trajo muchos objetos de Oriente, como tapices japoneses, siendo uno de los más llamativos uno chino que estaba colgado en la escalera de su casa, que representa a la diosa del Oeste, además de recipientes de bronce chinos o japoneses con figuras incorporadas como el dragón, teteras o muebles, entre otros.

Curiosamente, los dos cuadros de flores que copió de Sebastián Gessa y Arias tienen objetos de aire oriental: el de flores rosas está dentro de un recipiente con la base dorada, la cual se usaba para sustentar cerámicas, y el de flores blancas en un recipiente de bronce, pieza oriental que tan popular fue en Europa desde la Exposición Universal de Londres de 1862.

En conclusión, Carlota fue una mujer de fuerte personalidad, tal y como se la recuerda, que pintó lo estimado para las mujeres en sus primeros años pero luego siguió pintando como quiso y lo que quiso, ya que se salió del ámbito artístico oficial, y esto le dio libertad para poder desarrollar su propio estilo pictórico, alejándose de los compromisos y de las críticas.

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“Interior de iglesia”, por Carlota Rosales, óleo sobre lienzo, 24 x 33,5 cm, colección familiar

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Fotografía de los pensionados de la Academia de España en Roma, 1889; Carlota está a la derecha, y su madre y Sofía Reboulet (laesposa de Vicente Palmaroli) aparecen sentadas.

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“Retrato de Carlota en Roma”, por Vicente Palmaroli, óleo sobre lienzo, colección familiar.

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De izquierda a derecha, “Jarrón con flores blancas”, óleo sobre lienzo, y “Jarrón con flores rosas”, óleo sobre lienzo, ambas obras, por Carlota Rosales (copia de los cuadros de Sebastián Gessa y Arias del Museo del Prado), colección familiar.

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“Retrato de mi hija en una pandereta”, por Carlota Rosales, óleo sobre lienzo, colección familiar.

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Carlota Rosales. “Retrato de Maximina Martínez de Pedrosa, la madre de la artista”.
1,28 x 86cm. 1892.

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Carlota Rosales. “Ama con niño”.

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Carlota Rosales. “Josefina con Violín”.

Luis Rubio Gil

Septiembre 2021